Mi pregunta nunca tuvo respuesta.

 

Cuando mi padre se fue de la casa no tuvo que usar la excusa de ir a comprar cigarrillos para nunca más volver. Fue directo, y con toda su sinvergüencería, subió al Chevrolet rojo modelo 2000 que mi mamá había comprado y se marchó. Vagos son los recuerdos que inundan mi cabeza acerca de ese día, pero lo que si no es ni un poco vaga es la pregunta que siempre me hice y, 13 años después, ni él supo responderla. En mis momentos más nostálgicos siento que su presencia me hace falta: contarle de algún amor y ver su reacción, mostrarle mi música favorita, salir juntos a comer o pedirle consejos. Omitiendo esos momentos, mi madre siempre me cuidó y me dio su amor. Ella disfrutaba usar la frase “yo soy padre y madre para ti” y la llenaba de orgullo cuando en el día del padre la felicitaban por ser esas dos figuras al mismo tiempo, pero mi gran curiosidad era: 




¿Cuál es la necesidad de querer formar en ella una figura paterna? Fue ahí cuando caí en cuenta que tanto mi madre como yo, desde la partida de esa persona que en realidad no me gusta llamarlo padre, asumíamos que ella debía cubrir la paternidad a como dé lugar.

A mis 20 años, después de vivir y conocer tantos estereotipos masculino, siento que el modelo de un padre a mi lado nunca me hizo falta; pero si hablamos de simplemente la persona que me dio la vida es diferente, eso sí me hizo falta. Según las  etiquetas, un papá es el que sustenta, protege, cuida, mantiene y no solo lo debería hacer por amor a su familia, sino porque es una obligación que debe seguir como modelo paterno. Los roles de género se rompieron completamente en mi hogar. Vivo con 2 mujeres a las cuales admiro porque son libres de ser quienes quieren ser. Poco les importa pensar que un hombre podría salvarles la vida o que no son nada sin uno de ellos. Detrás de todo este descubrimiento por parte de mi abuela, mi madre y yo, encontramos que ese vacío emocional nunca se iba a ir: aprendes a vivir con eso y te dejas de cuestionar el porqué se marchó y aunque no sepa las razones, es importante tratar de entender su  decisión.


Existen diferentes perspectivas y contextos. Lo que a me duele, pueda ser que a él no, y lo que para puede tener mucha importancia, para él no será de esa manera. Para algunas personas el tener hijos es una etapa en la cual nada vuelve a ser como antes. La vida cambia completamente y das todo por tu sangre. Creo que para mi padre biológico nunca fue así. Para él, tener una hija fue como comprar una chaqueta: la compró, se la puso 3 veces contadas y después la dejó en su armario para siempre. Era 2016 cuando antes de que el semáforo cambie a verde lo vi en una esquina con un terno café. Lo había reconocido. Reconocí su cabello, aunque con muchas canas, su nariz y sus expresiones faciales que recuerdo por viejas fotografías. Bajé del carro, pasé en frente de él y me reconoció. Lo único que supe hacer fue preguntarle el por qué me dejó, a lo que el respondió: “No lo sé”. Tres monosílabos que no fueron la respuesta para tantos años de abandono, lágrimas, dudas, baja autoestima y eliminación de estereotipos.

Aunque en este texto quiera resaltar la fuerza de poder ser feliz, aunque tu padre te falte, es inevitable no nombrar el dolor. Sufrí más de un año entero cuando terminé con mi primer enamorado, imaginen el dolor de perder a un padre sin tú causar o pedir esa partida. El miedo más grande que esta experiencia me deja es que, si en algún momento decido tener hijos, no quiero que la historia se repita. Antes de casarme y dar el “sí”, de planear un bebé o aceptar formar una familia, la imagen de mi padre se haría presente. No quisiera ser una madre más que se ve presionada a ocupar el lugar de un hombre, no quiero que mi hijo me ame por un estereotipo de “madre perfecta”: solo quisiera ser real, auténtica y que mi esencia me permita ser feliz a pesar de todas las caídas o errores que puedo llegar a cometer a lo largo de esta vida.


Por: Coralía Proaño

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